Una chica y un chico. Amigos. Salientes. Enamorados.
Ella totalmente inexpresiva, él un libro abierto de lo que le sucede dentro de su cabeza y su vida diaria. Empiezan una relación linda y sana, cada uno expresando lo que sienten a su manera. Lindo.
Primer día: Ella hace su mejor esfuerzo de expresar lo que siente, demuestra la clásica felicidad que significa iniciar algo. Él no puede sonreír más porque se le rompería la boca y tiene el corazón que le late a mil.
Pasa más días, ella vive ocupada con su trabajo, sus responsabilidades, sus líos personales, su propio espacio; él, trabajando también, vive soñando despierto, quiere escribirle todo el momento para conversar de cosas tontas, compartirle cosas que se le ocurren en el momento, buscarla todo lo que pueda porque no tiene suficiente de ella las veces que se ven.
A ella se le ve un poco más feliz de lo normal pero parece que es por el entusiasmo de la cantidad de trabajo que le ha tocado, es que acaso ¿superó la obvia sonrisa de alguien que acaba de empezar algo así? Por su lado, él, no puede dejar de pensar en ella, trata de huir pero esa sonrisa siempre lo alcanza y resulta pegándose en su cara durante todo el día hasta que le duele el corazón por extrañarla y la sonrisa se va un poco.
Ella le escribe seguido para conversar, él a pesar de su trabajo y sus responsabilidades está ahí pendiente porque siempre la está esperando ya que quiere hablar con ella, es como si le avivara un fueguito que lo mantiene luchando contra las tinieblas.
Pero, él siente que la sonrisa en ella ha desaparecido y se pregunta cómo ha hecho eso tan rápido; él hace de todo y esa obvia sonrisa no se le va, como si tuviera una explosión interno que no se va a apagar tan fácilmente
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